A LAS DOCE
A las doce da mi pena
siempre la misma campanada,
y en la plaza de tu sombra
mi voz se queda descalza.
Digo tu nombre bajito
como quien reza temblando,
igual que el primer suspiro
que se me quedó en tus manos.
Si me pierdo entre la gente,
si me siento en cualquier mesa,
llevo tu ausencia en los ojos
y la nombro sin vergüenza.
Que no me entiendan, qué importa,
si el querer no se razona:
es herida que se canta
cuando el alma la desborda.
No es capricho ni es bruma,
ni palabra que se lleva el aire,
es raíz que se hace sangre
y se clava sin que nadie la arranque.
Y vendrá, si Dios escucha,
la noche que tanto llamo,
que al decirte ya no duelas,
que te tenga entre mis labios.
Y no habrá reloj que mande,
ni horas que nos separen,
porque el tiempo se hará fuego
desde las doce en adelante.