Ciudad de México, 1992.
En una de las tiendas de instrumentos más exclusivas de la ciudad, un vendedor juzgó rápidamente a un anciano con sombrero de paja y ropa sencilla antes de escuchar lo que realmente quería. Cuando el hombre pidió probar el violín más caro de la vitrina, el empleado le sugirió con una sonrisa educada que mirara los instrumentos “para principiantes” en la parte trasera. Pero en ese momento aparentemente común ocurrió algo inesperado: desde el segundo piso, Juan Gabriel había observado toda la escena y decidió intervenir al reconocer quién era en realidad aquel cliente. Lo que ocurrió en los minutos siguientes convertiría esa tienda en una lección inolvidable sobre talento y respeto.
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